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Cuando los sábados por la tarde echaban buenas pelis…

Antes de que los telefilms de niñeras psicópatas y jefes acosadores copasen las sobremesas del fin de semana, hubo un tiempo de colorines en el que sólo había cabida para fantasmas simpatiquísimos, animales parlantes, padres con poderes mágicos o simplemente niños gamberros que siempre se salían con la suya. Los niños, sin duda, éramos el público objetivo. Hablo de películas de fantasía estrenadas en los 80 que repetían mil y una veces y que mil y unas veces nos tragábamos, tales como La Princesa Prometida, La Historia Interminable, Big,

Cortocircuito (John Badham, 1986).
Los 80 fue una década en el que la tecnología era lo más. Cómo no hacer una película de un robot que tenía vida propia y que se metiese en líos. Número 5 es el héroe de este clásico, el cual se escapa del laboratorio militar donde fue creado y es cobijado por una ‘hippie’ (el mensaje no puede ser más claro). He de decir que soy más simpatizante de su secuela, Cortocircuito 2 (Kenneth Johnson, 1988), donde se explota su viz torpe y cómica en un mundo aún más complicado como es la ciudad de Nueva York (vamos, lo mismo que harían dos años más tarde en
Los Gremlins 2).





 

 

 

 

Mi amigo Mac (Stewart Raffill, 1988).
¿Habeís visto E.T.? Pues como si hayáis visto esta copia descarada del éxito de Steven Spielberg. Un extraterrestre choca en nuestro planeta y un niño lo esconde de los despiadados científicos en casa, haciendo cómplice a otra niña, y se divierten disfrazándolo. La diferencia es que Mac ha venido con toda su familia, que tienen un cuerpo más antropomorfo ¡y el final!, aquel el que Elliot y toda una generación de ciclistas voladores hubiese deseado.



El vuelo del navegante (Randal Kleiser, 1986).
Y rizamos el rizo. Si la nave no va al niño, el niño va a la nave. ¡Y en chiquito problema se metió el protagonista! El vehículo extraterrestre se lo llevó de paseo y de vuelta a casa se da cuenta de que ha llegado con retraso, nada, ocho años más tarde. Incluso como telespectador me traubama, viéndole sufrir al observar cómo su hermano menor ya le sacaba 20 centímetros. Menos mal que contaba con la inestimable ayuda de Sarah Jessica Parker, quién trabajaba en la NASA, que a su vez curiosamente también lo habían detenido como conejillo de indias.



Howard, El Pato (Un nuevo Héroe) (Willard Huyck, 1986).
Otro caso de un extraterrestre que accidentalmente aterriza en La Tierra. Pero a partir de ahí Howard vive su propia aventura original. Nadie quiere cazarlo y hacer experimentos con él. Todo lo contrario. El Pato lo peta allá donde vaya. Es más, le ayudan a regresar a su mundo. Pero esto hace que sin venir a cuento el científico sea poseído por una fuerza maligna. Era el pretexto de ver al ave en acción. Aún así es la parte más interesante, y a pesar de que hoy se antoje aburrido y vistísimo, en su momento enganchaba como nada.



Nuestros maravillosos Aliados (Matthew Robbins, 1987).
La presencia de estos pequeños extraterrestres es bien distinta a todo lo anterior. Su papel también es el de convertirse en los mejores amigos del ser humano, sí. Pero no sólo de un niño, sino de todo un bloque además amenazado por la especulación. Por supuesto que ayudarán a los vecinos a solventar este problema antes de irse, no sin antes alicatar el baño a Jessica Tandy.



Oz, un Mundo Fantástico (Walter Murch, 1985).
Los humanos también tienen derecho a viajar por otros mundos. Dorothy Gale, de Kansas, es bien experta en eso. Walt Disney se sacó de la manga una secuela del Mago de Oz que, a riesgo de desacreditarme, diré que es mejor que la primera. Es más madura, con personajes más siniestros, y mantiene más el clímax. ¿Cómo no va a ser así si del regreso de Dorothy depende que la ciudad de Oz no quede enterrada para siempre entre sus escombros?



Pequeños Monstruos (Richard Alan Greenberg, 1989).
En el saco de esas películas infantiles baratas encontramos esta muestra, para gloria de Fred Savage (Kevin Arnold en la serie Aquellos Maravillosos Años). Éste entabla amistad con un monstruo que vivía bajo su cama, implicado además en el secuestro de su hermano. Más que llevar al cine las fantasías de muchos niños lo planteo casi como una pesadilla en la que todos se divierten.



El secreto de los fantasmas (Roland Emmerich, 1987).
No abandonamos a los seres extraños para tocar una de las primeras películas de director de blockbusters como Independence Day o El Día de Mañana. Un director de cine amateur recibe la herencia de su abuelo, que incluye un no menos extraño reloj donde habita el espíritu de su mayordomo, un amable animatronic con un pasado atormentado que pide que rueguen por su alma. Suena a dramón pero no. Es una comedia sencilla de corte muy ochenteno.



Vice Versa (Brian Gilbert, 1988).
Por lo visto Fred Savage sufrió explotación infantil aquel año y estrenó otra película cuya trama es un eterno filón para las productoras: el intercambio de cuerpos entre padres e hijos, toda una experiencia sensorial por el que Zac Efron, Matthew Perry o Jamie Lee Curtis han pasado alguna vez en su vida. Incluso Kirk Cameron y Dudley Moore trabajaron en un film parecido un año antes.



Todo en un día (John Hughes, 1986).
¿Quién no deseó ser Ferris Bueller? Un chico que hacía todo lo que le venía en gana: fugarse de clase, escaparse en un Ferrari, comer en un restaurante de cinco estrellas-lujo… y todo sin que sus padres se enteren. Fue todo un hit cinematográfico en su tiempo pero hoy es una gran olvidada.

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