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REVIÚ de Eurovisión 2014 [segunda semifinal]

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Al final me va a acabar gustando esta edición del Festival y todo. Hacía años que el certamen había dejado de ser imprevisible, y está siendo su mayor gloria por encima de la calidad artística. No obstante, la segunda semifinal no fue tan emocionante como la primera.

Los sucesivos pases a la final no sorprendieron tanto. Los que di por sentado entraron por el aro y los que no, pues casi. Irlanda fue de diva, pero con un tema soso que ni el mejor escenario del mundo pudo arreglar. A Israel no le pegaba ese aire a lo Single Ladies con una canción tan rockera, pero no mereció quedarse a las puertas.

Para divas, Conchita Würst, subida al pedestal más alto por los aplausos del B&W Hallerne. Eurovisión es un espacio muy gay por eso mismo, por la gran concentración de divismo. El/La representante de Austria tiene de eso y mucho más, aupada además por el dramatismo de ‘échate a llorar pero con lágrimas de Tresor de Lancôme’ que tiene la música y letra.

Los finalistas-sorpresa para el público en general fueron, por un lado, Bielorrusia, que no sé qué tiene de sorpresa porque dio una actuación sin grandes alardes pero impecable, graciosa y chulesca. Por otro lado, Malta. Eso sí era para llorar del disgusto. De hecho, arrancó la gala y casi hasta la sexta representante me llego a pegar un tiro.

Entre esas primeras representaciones se encuentra Polonia, que no me extraña que regresen el sábado por ese alarde erótico-festivo. Si Portugal, que era más cañero, hubiese enseñado también tres cuartos del pezón tendría su lugar en la final. Tampoco entendí el pase de Eslovenia. No es una mala candidatura, pero no se puede presentar en un programa que ve millón y la madre vestida de madrastra y arengando con una flauta como las locas.

Lo de Suiza me lo imaginé. Algo había leído antes de que iba a gustar, pero es que me parece una representación tan tonta… Si premiamos la simpatía escénica por encima de la canción, apaga y vámonos. Quienes sí fueron simpáticos de verdad fueron Paula Seling y Ovi por Rumanía, que plasmaron su gran compenetración aunque esa obsesión por los pianos raros le jugó este año una mala pasada.

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Paula Seling y Ovi vuelven a representar a Rumanía tras 2010 y con otro piano. Si es que se le puede llamar piano…

El ganador de la noche también fue la sección juvenil, los finlandeses pero sobre todo los griegos. Aunque se les fuera al principio la voz supieron retomar el control de las cuerdas y lo celebraron con un original salto de cama al final. Después de esto cualquier actuación de relleno estaba de más, aunque el acto intermedio formado por los bailarines generacionales y ganadores por webcam fue de buen gusto y compensó la apertura flojísimamente tradicional.

No he hablado de los presentadores. Volvemos a ver a tres sobre el escenario. Dos periodistas, Lise Rønne (la encargada de merodear por la Green Room con unos discursos larguísimos) y Nikolaj Koppel, que hace pareja sobre el escenario con el actor Pilou Asbæk, los ‘Tip y Coll’ daneses y que sólo conocen en su país. Da lo mismo. Al final lo que busca el público es luz y color sobre el escenario.

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