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Tu, yo y WhatsApp

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WhatsApp. Bendita tecnología. ¿O no? Ya hablé hace poco más de dos años de los problemas que nos suponía esta ‘app’ (aquello que antes llamábamos ‘software’). Por entonces hacía siete meses que lo tenía y con apenas 40 contactos. Como todo lo que funciona con éxito, esta tecnología se ha extendido muy globalmente, presente en 300 millones de teléfonos móviles. Tanto es una forma más de relacionarse hoy que está implicando unos riesgos que, ¡ay, omá!, inciden negativamente en la sociedad.

No me canso de toparme últimamente con artículos sobre este tema. Algo nos quiere decir, y es que cada vez las consecuencias del WhatsApp son terribles. El mayor problema es que produce celos en las relaciones de pareja. Es como ese amigo de los dos tan íntimo como traicionero que le va con cuentos al otro. Quiero decir, que la figuración horaria de la última vez conectado a esta aplicación trae más disgustos que alegrías.

Imaginaos a una de esas parejas chateando por teléfono. La figura A remite una pregunta a la figura B, o simplemente un comentario chorra de la que de alguna manera espera contestación. No la hay. A piensa: “estará ocupado”. Sin embargo ve que debe haber leído lo que ha escrito, ya que ha aparecido conectado ¡si no online! después de hacerlo. “¿Por qué no contesta? ¿Es que no tiene siquiera un segundo para responderme?”, se pregunta A. Y ahí es cuando A se emparanoia, se traba, se pone histérica. “¡Me ignora!”.

Causas pueden ser miles. Pero, no. Tiende a pensar A en la infidelidad. No tiene por qué ser amorosa. O sí. Lo cierto es que para B debe ser más interesante lo que le está contando C, D o E o en un chat grupal con el resto del abecedario. No hablemos ya cuando A observa que B ha utilizado el WhatsApp de madrugada. “Seguro que estaba perreando, ¡como si yo no me fuera a enterar!”.

Qué bien se entretiene este muchado mientras ella duerme…

Repito: causas pueden ser miles. Y si se despertó a mitad de la noche a ver la hora y por curiosidad entró a ver los mensajes que le habían enviado. Y si hablaba con un amigo que vive al otro lado del mundo. Y si le urgía que un compañero le enviase un trabajo de clase. Y si… Pero eso a A le da igual. El caso es que no le presta más atención que a los demás.

¿Por qué en vez de molestarnos tanto y ponernos en lo peor, no pensamos en cómo era nuestra vida antes de WhatsApp? Las relaciones, tanto da de pareja como de amistad, no eran tan diferentes. Esta app no implica que las personas tengamos que hablar más que sin ella. Antes a lo mejor hablábamos día sí, día no, día quizá. ¿WhatsApp nos obliga a tener que hablar diariamente por cojones? Parece que si no es así la relación va mal. Pero, ¿no es más horroroso hablar por hablar?

La última noticia abrumadora es la de que 28 millones de parejas han roto a causa de WhatsApp. Las aplicaciones no tienen la responsabilidad, sino de quién lo interpreta o lo usa mal, como si de una herramienta de control se tratase. A lo mejor sí que hay infidelidad y no sabe ser discreto. La cuestión es que cada uno es diferente. Hay quienes hacen de WhatsApp un mundo y están aquellos otros para los que hay más mundo más allá de WhatsApp.

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