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La celebracion de mi independencia

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Hace justamente diez años que decidí independizarme del hogar familiar. Hoy en día no es tanto una decisión como un reto. El reto no sólo de sólo de enfrentarse a vivir con la carga de una única responsabilidad (la de uno mismo), sino también el de no salir mal parado de esa aventura. Ahora miro hacia atrás con nostalgia de todo cuánto conseguí, especialmente porque en la actual situación económica de España no invita a correr ese peligro.

El motivo de este artículo se remonta hacia 2003. Por entonces la única preocupación de los jóvenes era manifestarse contra la Guerra de Irak. A mí me habían aceptado la beca Sicue / Séneca, por la que poder proseguir mis estudios universitarios en otra provincia. Mi objetivo no estaba en conocer otros sistemas docentes. Ni siquiera otras regiones. Lo que quería era conocerme a mí mismo, conocer cómo es manejar tu propia vida para la que sólo importa la decisión de uno mismo.

Por supuesto, algo así siempre ha conllevado grandes riesgos. Ya no iba a estar mami para lavarte, plancharte, cocinarte, pedir la cita a tu médico… sacarte las castañas del fuego. Igual que uno se plantea llevar las riendas para lo bueno también tiene que apoquinar para lo malo. ¿Merece la pena? Desde luego. Quita tiempo y paciencia el hacer un potaje. Pero, ¿y el orgullo que te queda porque lo has hecho tu sólo?

El mayor problema, claro está, es el sustento económico. Por aquella época recibía casi 500 euros mensuales del Gobierno. Tardaron todo un trimestre en hacerme el ingreso, por lo que esa independencia familiar que pedía a gritos no fue cosa inmediata. Hay gente que cuando da el paso lo hace bajo la seguridad de sus propios ahorros.

Aunque hacía y deshacía allá donde viviese como me daba la gana, realmente no vivía bajo una completa emancipación si lo pensamos bien. Los siguientes años viví a base de diversas becas como estudiante (y de pequeños trabajos). Probablemente por eso me costaba renunciar a una matrícula universitaria. Cuando dejase de tener una excusa para recibir esas subvenciones, ¿qué?

Pues a currar, como así insistía mi madre una y otra vez que hiciera cuanto antes, no fuese a pasárseme el arroz. El disfrute de la juventud y la indecisión sobre lo que a realmente me quería dedicar me ataron durante muchos años a la universidad. Mientras, llegó la burbuja inmobiliaria y luego yo tarde para incorporarme a una bolsa sana de empleo. Al final trabajo en algo para lo que no me he matado estudiando pero “algo es algo y siéntete afortunado”, como me dicen con una palmadita en la espalda.

Para el presente curso el Gobierno español ha eliminado las ayudas Séneca, y no hablemos ya del acceso incluso a esos empleos cuyos demandantes anteriormente buscaban mano de obra en otros países para traérselos a nuestro solar patrio. Si hoy los extranjeros lo tienen crudo para trabajar aquí, cualquier españolito de a pie tiene que enfrentarse a requisitos acrobáticos para poder ganarse la vida sirviendo cafés.

Pero no hablemos otra vez de la crisis, que es un tema manido. Tampoco este es el factor único que ha provocado que sólo el 45, 6% de nuestros jóvenes se hayan independizado. Por mucho que el otro día me debatieran que este país es muy transgresor, no se puede cambiar de la noche a la mañana su tradición rural y familiar. España jamás ha sido urbana en el sentido moderno de la palabra hasta la llegada de la democracia, hace 35 años.

Para un cambio completo tienen que pasar varias generaciones, a que éstas se vayan distanciando de los antiguos valores y se adapten a los nuevos tiempos. Como comprenderéis, aún muchos están unidos al cordón parental y acomodados en casa de sus padres. ¿Por qué renunciar a esa calidad de vida y quizás malvivir sólo por satisfacción? De la realización personal no se come, eso es cierto.

Y a pesar de todas estas trabas recomiendo la independencia. Lo hago siempre con todos aquellos con los que debata el tema. Con la mejor de las fortunas te habrás comprado tu propio piso, aunque lo habitual sobre todo en los casos primerizos es compartir un piso alquilado. La convivencia no anula la independencia (siempre que no vivas sumiso a unas normas unilaterales). Todo lo contrario. Ayuda a respetar los límites de los demás.

Aún guardo la plancha y el mantel que me compré para mi primera casa y que me han acompañado allá donde he estado. No sólo porque sigan funcionando. Son los trofeos de lo que sin duda es la mejor decisión de mi vida. Claro está que cada persona es un mundo y habrá a quienes no les interese porque tengan otras metas. Pero a quien comparta las mías, quiera salir de casa, alejarse de su ciudad, vivir en otro país o abandonar este planeta, sólo le digo una cosa: ¡ADELANTE, CON DOS PARES!

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