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Atención al dependiente

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Cuánta importancia le damos a la atención al cliente en cualquier comercio, que hasta en las más grandes empresas cuentan con su propio departamento. El trato con la figura receptora es fundamental puesto que de ello depende la venta. No sólo el producto es determinante. También su decisión depende mucho de ese “calor humano”, de ese mimo, que no es más que una estrategia de marketing. Pero, ¿alguien se ha parado a pensar en el trato a la inversa? Muchos lo olvidan, pero el dependiente también tiene su corazoncito.

De acuerdo que en la transacción la actitud hacia el vendedor es un cero a la izquierda muy redondo. El vendedor ha de ser un experto lameculos porque es el que se juega su salario, el que obtiene el beneficio. La pérdida es del comprador, que aunque gana un producto, es a cambio de un dinero que por lo general está por encima del costo para que ganen los creadores de dicho producto.

Por lo tanto, el trato con el vendedor va a resultar indiferente. Seamos amables o huraños, el dependiente es de los dos el único obligado a ser correcto y a guardar las formas. Sin embargo, nunca es excusa para ser un desquiciante con los trabajadores, porque como personas humanas no tienen un corazón robótico insensible al despotismo.

Vale, sí. Se me ha juntado la doctrina económica con el pastel dramático de Danielle Steele. Pero no es menos cierto que cuando un cliente va a demandar un producto y ha tenido un mal día (o simplemente es que nació antipático) lo paga con el vendedor, ese quien no responde y aguanta el chaparrón con una sonrisa forzada porque de ello se juega el pan.

Es muy cómodo no ponerse en la piel de quien le sirve al otro lado de la barra. A lo mejor también ellos han tenido un mal día y han de disimular con una alegría falsa. Chiquito favor nos hacemos entre todos si encima vamos y respondemos con una actitud subidita, creyendo que por ser poseedores de dinero somos los reyes del mundo y comportarnos como críos de ocho años. Es el conocido caso de esta clienta norteamericana, que juega a ser Bruce Lee porque no le freían nuggets a esas horas del día.

Se puede producir un efecto dominó y hacer ver equivocadamente al dependiente que es la pose adecuada y copiarla cuando éste ejerza de cliente. O nada más que tocarles la moral y ser un borde con amigos y familiares y que trabaje abotargado para el resto del día. Al final con el trato al dependiente también jugamos con su agilidad y destreza en su puesto.

A pesar de esta defensa hacia el vendedor, tampoco puedo obviar casos (espero que aislados) que ocurren al contrario. Esto me ha pasado con varios promotores que invaden las principales calles de grandes ciudades, esos que reparten flyers o intentan ganarse socios para alguna iniciativa.

A lo mejor por pasarse a la intemperie y parar a gente diversa cada dos segundos hace que juegue en un campo distinto. De hecho, lo es. El viandante no es un cliente voluntario que entra a unlocal. Sólo pasaba por allí, con prisas o sin ellas. Lo que no es justificable es que por no ser cortés y pararte para atenderle, que es lo que ellos parecen exigir, te peguen voces cuando pasas de largo.

Soy de los que cuando te los ves venir con su carpeta, pongo la mano por delante y con una sonrisa respondo con un no, gracias de nivel standard. ¡Qué menos! Pero ni eso les gusta. Al último que se lo hice me increpó por entenderlo como “falta de cortesía” y hasta llegó al insulto. Pero volvemos a lo mismo: si tienes un mal día, no la pagues con el cliente. Parecía impensable de un vendedor, pero como vemos ocurre al revés. Y a mí varias veces.

Por supuesto que dejar a un lado este tipo de asperezas sólo pertenece a un mundo utópico. Pero siendo un poco hippies a estas alturas del artículo, lo ideal es ser buenas personas y receptivas, levantarse con una buena cara y acostarse igual. La hipocresía hace de este mundo mejor.

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