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El doloroso y único Camino

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El Camino de Santiago. Viaje en mayúsculas. La teoría oficial nos habla del culto al santo Apóstol, hacia cuyos restos milenarios se peregrina. Con los tiempos modernos la Iglesia la ha edulcorado porque es consciente de que ni el Tato recorre 800 kilómetros con esas intenciones, así que también concede la Compostela a quien justifique su búsqueda interior. Lo cierto es que este recorrido por el norte de España es una ruta bastante concurrida a lo largo de todo el año por gentes de todo el Planeta.

Esta tradición comienza sobre el siglo IX d.C., después de descubrirse las reliquias de Santiago El Mayor, uno de los Apóstoles de Jesucristo enterrado en el noroeste de la península ibérica. La idea era venerar esos restos pero, claro, la política de entonces no era muy distinta de la actual. El objetivo de fondo era la promoción de la doctrina cristiana, que peleaba contra la creciente musulmana.

Siglo a siglo fue quedando en el olvido, hasta que en 1993, uno de los años santos o jacobeos (aquellos cuyo día 25 de julio como festividad del Santo cae en domingo), el Gobierno gallego publicitó tanto la ruta que la llegada de peregrinos se multiplicó entonces por diez.

Está claro que el Camino no es un turismo al uso. No es llegar con tus maletas a una casa rural, ver verdes paisajes con aromas a hierbabuena, calzarte tus trekking de Manolo Blahnick para hacer senderismo de un kilómetro y volver a tomar una fondue al calor de la chimenea. Para vivirlo bien hay que madrugar, caminar horas y horas y descansar en posadas con la suficiente austeridad.

La semana pasada, es decir, el pasado verano, culminé este reto, lo que para algunos es desagradable simplemente porque no están acostumbrados a pasar por los fastidios inevitablemente implica. El mayor de todos ellos son las ampollas en los pies, que aparecen generalmente desde la primera etapa. Lo ideal es llevar un calzado adecuado y ya usado durante un tiempo hasta que se haya adaptado a nuestro pie. Por supuesto, tienen que llevar un cuidado durante la aventura: masajes, cremas hidratantes, reventado y posterior esterilización de las bolsas…

El Camino hacia Santiago tiene diversas rutas. La más popular es el Camino Francés, que se inicia en Saint Jean Pied de Port (frontera francesa). Por supuesto, no íbamos a estar un mes sufriendo tremendo calvario. Con caminar 200 kilómetros teníamos, el doble del mínimo que exige la Iglesia. Por lo tanto, partimos desde Ponferrada (León).

Una de las cosas más importantes que aprendimos fue que hay que levantarse pronto. Recuerdo que la primera noche ya nos estaban echando del albergue sobre las 7.30 de la mañana. Lo ideal es madrugar sobre todo para no quedarnos sin plaza libre en los albergues del pueblo siguiente.

Este problema nos ocurrido un par de veces. Uno va con la idea de que hay que pasarse todo el día caminando, casi hasta el anochecer. Y no es así. Se puede hacer, claro. El Camino es a gusto del consumidor. Pero al mayoría camina cinco horas (una media de 23km) para dedicarse desde el mediodía a descansar y visitar el pueblo que marca la ruta prefijada.

Lo recomendable es descansar en albergues municipales (gestionados por la Xunta de Galicia), sitios en los que menos sorpresas desagradables te encontrarás. Están bien reformados, mantenidos y limpios. Debe ser por eso por los que son los primeros que se llenan. Hay veces que desde el mediodía podemos encontrarnos con colas y que sobre las 15h estén completos.

Evidentemente, en los albergues no esperes encontrarte con sala de televisión y habitación propia. Ofrecen sólo lo básico (no vamos de vacaciones, aunque lo podremos concebir como tal) y las habitaciones se comparten con otras 3 personas con mucha suerte. En ocasiones dormíamos en cuartos enormes con 20 más, quienes se rifaban un solo enchufe para cargar el móvil y por la noche disfrutaban la sinfonía de cinco ronquidos diferentes, todo ello embriagado con un olor a pies exquisito.

El tema de la mochila es muy importante. Hay que llevar lo menos posible. Un par de mudas que lavaremos en la pileta del albergue para ir teniendo de cara a los próximos días, ropa de invierno por mucho verano que sea (¡lo que refresca el norte cuando cae la noche!), comida para el recorrido (frutos secos, plátano deshidratado, caramelos para la tensión y unas latas de ensalada de atún estarían bien), amén del botiquín para imprevistos: yodo, gasas, algodón…

Una de las cosas que más irritaban a los peregrinos eran aquellas personas que iban con los denominados ‘coches de apoyo’, vehículos organizados que transportaban las pesadas mochilas y que llegado el caso incluso podría conducirles hasta la meta. Eso no es peregrinaje ni nada. Es una excursión que algunos convertían más bien en el Camino del Bar, porque nunca coincidías con ellos salvo en albergues y en los piscolabis. Aún así, podían engañar a la administradora de las posadas con su credencial, que pueden ir sellando en establecimientos y parroquias para poder acceder a ellas.

La credencial es importante en el Camino. Da fe de los lugares por los que has pasado. Es como tu DNI a presentar en los albergues si quieres entrar y que finalmente hay entregar en la Oficina del Peregrino, una vez llegado a Santiago, para recibir la Compostela, lo que en la Edad Media era una indulgencia para escapar del purgatorio. Ahora no es más que un souvenir. Eso sí, responde tu fin religioso cuando la administradora te pregunte si quieres el título.

Lo mejor del viaje, que supera con creces a todas esas inclemencias, son los lugares que visitamos. Subiremos y bajaremos montes, que aunque respiremos mucha mierda a vaca, pasaremos mil y un pueblos con su encanto especial. Algunos nos parecerán mini-cuidades aburridas, como Arzúa o Palas de Rei, pero otras son tan ancestrales y reconfortantes como Triacastela o Portomarín. Sus gentes son muy hospitalarias (también se juegan el comercio), dispuestos a ofrecerte por el camino hasta leche frita (y pedirte un donativo ‘para el trabajo’). Pero son vivencias únicas para la gente urbanita, que desconecta por completo del ajetreo de la ciudad.

 

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Fachada principal de la Catedral de Santiago, ¡a mis pies!

 

El momento, sin duda, más emocionante es aquel en el que entramos en la Plaza del Obradoiro, y cumplimos la tradición de tumbarnos en la plaza con los cachivaches que hemos ido cargando de cara a la Catedral de Santiago, una maravilla arquitectónica que aunque muchos digan que los musgos se cargan la piedra, es una característica propia del casco antiguo de la ciudad. Es entrar y besar el santo. ¡Literalmente! Puedes subir al altar y abrazarlo. Es algo único y reconfortante, como haber llegado a casa. Desde luego, una vivencia única que no puede equipararse con mil viajes al Caribe.

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