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El amor, eso tan odioso (XII)

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“Los que se pelean se desean”. Así les gusta cantar a las carpeteras en sus institutos cuando entre mujeres, hombres y viceversa hay cierto pique o contradicción. A lo mejor es cierto que uno más uno no se aguantan. Quién no puede ver a su jefe. ¡Muchos! ¿Y quiere decir eso que en el fondo bebemos los vientos por él o ella? Por favor… Claro que no. La diferencia es que cuando discutimos algo dentro de nosotros sonríe.

He estado buscando un poco de información científica sobre este tema en concreto, esto de los (un tanto falsos) conflictos en una pareja. O no pareja, pero sí una relación en la que se esconde un sentimiento oculto. Pero nada. Hay muy poca fuente en la que me pueda apoyar. Y eso que es un tema que siempre está ahí. Así que, nada. Fiaros de mis opiniones…

Las preguntas son: ¿por qué los que se pelean se enamoran? ¿Qué tiene de romántico discutir? ¿Por qué una riña alimenta el deseo por el otro? Desde luego estas situaciones ocurren porque existe una lucha de poder. Ya sabemos a su vez que el poder es un arma también de seducción. Si nos aferramos a la ostentación del poder es porque queremos llamar la atención. Y aquí es cuando el pez muerde su cola.

Una pelea también genera adrenalina, ya que la carga emotiva se acelera y hace que las relaciones se vuelvan más intensas. Es como un sustitutivo del deporte, del gimnasio, o simplemente en vez de tirar un plato al suelo a posta nos metemos con la persona que verdaderamente amamos. Liberamos las famosas tensiones sexuales que sí se deben de resolver entre las sábanas, el definitivo campo de batalla.

Eso sí, estas riñas idílicas lo son porque tienen un límite. Su intención nunca es la de la violencia ni de la agresión. Hay que cuidar el tono con el que defendemos y ofendemos, mucho más la forma que el contenido incluso. La ironía es un exquisito y gran aliado, pero hay que dejar que se note para que la otra persona se lo tome como lo que es y no lo desviemos hacia un final inesperado.

Hay que diferenciar de entre esas peleas las de “mentirijillas”. Estas últimas son simples puestas en escena, un derroche de dramatismo y teatro con la única intención de ver rabiar a la otra persona. Es como otra forma de buscar las cosquillas, y todos conocemos que de las cosquillas no hay más pasos hacia el beso. Es decir, se trata del tonteo, un juego de calentamiento…

Muchos se molestan porque nos saquen de nuestras casillas, nos quieran chinchar. Yo considero que la discusión es una pieza más de una pareja. Y me atrevería a decir que imprescindible, pues limpia de resquemores y suele desembocar en un erótico resultado. Hay que tener muy presente, como dijo un día el escritor brasileño Érico Veríssimo, que “lo opuesto del amor no es el odio sino la indiferencia”.

 

Véase también, por qué no…

El amor, eso tan odioso (I): la independencia

El amor, eso tan odioso (II): el enamoramiento

El amor, eso tan odioso (III): el noviazgo

El amor, eso tan odioso (IV): la obsesión

El amor, eso tan odioso (V): los factores del enamoramiento

El amor, eso tan odioso (VI): las complicaciones

El amor, eso tan odioso (VII): la fidelidad

El amor, eso tan odioso (VIII): la monotonía

El amor, eso tan odioso (IX): los detalles

El amor, eso tan odioso (X): pareja, roce y follamigos

El amor, eso tan odioso (XI): el ligoteo

El amor, eso tan odioso (XII): las peleas y el deseo

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