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La Toja: nosolojabones

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Después de que el año pasado regalase con mi presencia algunas ciudades europeas, esta vez he querido dar una oportunidad a esos rincones de nuestro solar patrio. Mi última andanza fue en la Isla de La Toja (Pontevedra, Galicia), allá donde mucha gente cree que nacen los jabones. Pero no. Como mucho, alguna pobre tienda de souvenirs que regala una pastilla dentro de una concha.

La Illa da Toxa, como la llamarían los gallegos, tiene una superficie de 110 hectáreas y un padrón de poco menos de 50 habitantes. No son precisamente pastores, aunque en un tiempo pasado fuera tierra para tales actividades. Ahora campa gente de bien que se ha hecho su chalecito (como Adolfo Domínguez) y turistas que se alojan en sus tres hoteles que reúnen más estrellas que el firmamento.

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Este puente decimonónico une la isla con el pueblo de O Grove, municipio al que pertenece. Eran sus vecinos quien les sacaba aprovechamiento hasta que en ese mismo siglo un asno que fue a morir regresó al pueblo chispeante de vida. Sí, como si se tratara de un burdo anuncio, así cuenta la leyenda de las propiedades termales de sus fangos y medicinales, en el caso del agua.

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Nace así su balneario, que comenzó poco a poco a producir sales y jabones. La fábrica se trasladó a A Coruña y lo que quedó fue su tienda-museo, Manantiales La Toja. Y lo que queda hasta esta semana es este edificio cerrado.

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La isla no es sólo jabones. Sobre todo es una importante zona de marisqueo. Por la mañana, los vecinos de O Grove se embutan sus botas y acuden al criadero de mejillones que tienen entre la península y la dicha isla, entre otras prácticas en la pesca de bajura.

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Lo que más me llamó la atención fueron las propias “rías baixas”. Por la mañana, ya vemos. La isla parece crecer ante los extensos llanos de arena y algas, que en cuestión de horas vuelve a quedar reducida ante la crecida del agua del Atlántico. Véase esta maravilla de la naturaleza:

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Entre el campo de golf, los ‘chalenes’ y las pistas de paddle aún quedó espacio para su frondosa vegetación, un pinar virgen de 25 hectáreas casi a los pies de sus orillas.

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Desde luego, sus vastas panorámicas son uno de sus mayores puntos turísticos. Balneario no hay como tal salvo la de sus hoteles, que como esos te los encuentras en cualquier sitio. No como su ermita, la de San Sebastián, cuya planta es original del siglo XII pero cuyo aspecto actual data del siglo XIX. Anda totalmente recubierta por conchas de viera. Por desgracia, y a falta de candados, los locos enamorados (sobre todo locos), dejan inscritos sus nombres en ellas.

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Dejamos atrás ya la Isla de La Toja, precisamente, con su parte trasera, al otro lado del puente, con esos barcos encallados sobre pastos de algas esperando a que atardezca, suba la marea, y vuelvan a acunarse sobre el agua oceánica.

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