El infierno sobre las aguas

El precio de la entrada ha subido de un año a otro (y yo exclamo irónicamente, ‘qué raro’). 4, 30€ para someterse además a unas normas como quien va al cine: no se puede comer ni beber salvo en las estancias habilitadas para ello (o sea, que si me tiene que dar un golpe de calor, me hidrate con mi propio sudor) o vestir adecuadamente, que conlleva no entrar con zapatos. Claro, no sea que rayemos los suelos de mármol de Carrara…

Aunque el cielo pinte de un embriagador celeste bochornoso, un piscinero no está a salvo ni debajo de una sombrilla. Al menos bajo alguna de Canal, que con una ligera brisa la echa abajo y no hay Esperanza en este momento que reparta indemnizaciones. Mucho sacrificio le supondrá brindarnos gratuitamente las tres sesiones diarias de aerobic acuático. Y la única que pega brincos es la monitora, fuera del agua, repitiendo los mismos pasos durante las tres pistas en sonido ‘mono’ de su loro con el que uno no sabe si canta Pitbull o David Bisbal.

A pesar de todo, fuera del agua no se está mejor. El corro de marujas que amenza con ‘top-lesses’, el viejete que mira el sembrado de senos haciendo como que hace spinning, la caravana de familias que no habla sino que sólo entiende el lenguaje de las vuvuzelas, las musculocas tomando sol como para que el moreno y los pezones se diluyan en un mismo color… Y todos ellos peleándose por metro cuadrado y medio de solar abrasador alrededor de la congelada piscina.

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