Que Doña Manolita nos bendiga, también en la cola…

Entrada de la Administración de Doña Manolita

Montar el árbol, comer turrón y poner a Raphael en Nochebuena ya se está quedando muy desfasado. Ahora la moda es pasar tres horas mínimas de frio en la cola de Doña Manolita. Ya el año pasado hablé de su significado en el mundo moderno. Pero viendo a centenares de personas diariamente pasar por este trance para hacerse con un papelito por 20 euros, una vez más me pregunto: ¿dónde está la crisis? La respuesta la tendría que tener yo, puesto que días atrás me he unido a ese escuadrón de combate bajo la invernal intemperie.

Nunca jamás me había comprado lotería. Una amiga me propuso compartir un décimo y dije: “venga”. Pero no fue esa decisión lo que me llevó hasta la Calle del Carmen, hasta donde se mudño este año. Quizás porque los comercios de la Gran Vía madrileña estaban hasta el ‘pipi’ (si lo tuviesen) de que las largas filas bloqueasen sus entradas. Bueno, ahora es El Corte Inglés el que tiene que poner un cartelito en la puerta pidiendo un poco de seriedad en pos de su clientela.

Retomo: otra amiga me pidió el favor de comprarle un décimo en dicha Administración, dada su popularidad por los premios que casualmente cae en ella. ¡Chiquito favorazo! Pero como soy un cacho y medio de pan pues cedí y me pasé una de las pocas tardes que libro haciendo tamaña cola. Cola que alcanzaba tres calles cuando llegué. Como tiene vida propia, y si uno decide cambiarse de postura lo hacen los demás, la fila fue evolucionando hasta ponerse recta hasta la Plaza de Callao.

Lo ideal es ir acompañado para que la cháchara entretenga. Si no, arriesgarse a congelarse las manos leyendo un libro o ponerse a trastear con el móvil. También hay una alternativa más artística, siempre y cuando coincida con la orquesta callejera que se presta a dejarse escuchar por si hay alguien que le compre el CD o al menos se digne a inclinar la espalda para echarle unas monedas. Yo opté por pensar, que es gratis y no molesta.

 

 

Para rematar todas estas ofertas de ocio que entretienen la espera es encontrarse con algún conocido. Recordemos que se trata del mismísimo centro de Madrid. Al final allí acaban todos, en mi caso, tres amigos. Eso sí, no me aguantaron una conversación suficiente porque el frío seguñia sin dejar tregua. Menos mal que uno de ellos me guardó el sitio en la cola mientras yo iba al cajero. No podía permitirme sufrir todo lo que estaba sufriendo para que luego a mi amiga le toque el Gordo. Decidí compartir número con otro décimo.

También es cierto que uno podía salir perfectamente de la cola llevándose un décimo sellado. Así revoloteaban cantando los vendedores ambulantes, guardándose el pago de una comisión por dos euros a la hora de que se les pague. Yo creo que esa diferencia económica vale la pena por no aguantar esa inclemencia. ¿Por qué no lo hice yo? Simplemente por lo que los demás: es que no es lo mismo que comprarlo a pie de ventanilla…

El espectáculo se iba animando cada vez que nos aproximábamos a la puerta de la Administración. La guinda la puso una señora mayor, muy pintorreteada, escoltada por dos agentes. Por lo visto no era la primera vez que se intentaba colar. Pero ella y su cartera de Billabong por lo menos, que no, que no y que no. Los policías estaban jartitos de apartarla y hacerle entrar en razón, mientras amenazaba con denunciar a uno de ellos por acoso. En fin, al minuto llegué, vi y vencí, y el día 22 espero que también.

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