Madrid sobre mí


El centro de Madrid

Hacía un año hacía muchas cosas. Pero desde entonces, todas en Madrid. Ya lo contaba por estas páginas, que me había venido a la ciudad patria a ‘hacer las Américas’. No es que me haya encontrado con El Dorado y demás tesoros, sino con pepitas con las que ir tirando por el camino hasta hallar lo que uno desea. Sí, mucha metáfora, producto de la nostalgia…

Aquel 29 de septiembre fue un día inolvidable, que irá en negrita cuando se publique alguna biografía mía no autorizada. Cuando compré el billete (sin vuelta), no recordaba que precisamente se celebraba la Huelga General en España. Tampoco fue para tanto y no me comieron los gatos por la calle. Si acaso, me quedé encerrado en el Burguer King de Gran Vía para cortar la entrada a los piquetes. Comer a oscuras sólo era imaginable en las veladas románticas.

La búsqueda de pisos… Ay, la búsqueda de pisos. O son realmente tan complicados o es que yo tengo la negra. Me declino por apostar a esto último, porque ya van cuatro veces los intentos tras experiencias frustradas. Claro, uno, recién llegado a una ciudad extraña, viviendo mientras en una residencia universitaria en la que los gritos de los novatos acosados se alzaban por la noche… pues era impepinable que me tenía que largar al primer sitio decente que pillase. Y a un sótano que me mudé.

Allí pasé el invierno. Ni frío ni calor, viviendo intensamente el ruido del tablao flamenco que había al otro lado de mi pared, así como las conversaciones ultramarinas de mi compañero ecuatoriano, encima del falso techo. Al poco, encontré trabajo y pude permitirme algo mejor. Hasta que resultó lo peor: nunca os fiéis de una casera anciana que se muestra agradable la primera vez que os la encontréis. En la intimidad de su casa puede inspirar perfectos personajes de terror.

El primer mes vagué por el ancho de la ciudad, empapelándola con copias de mi currículum, hasta salirme más allá de mi mapa de El Corte Inglés de 1996 (con algún material de utilidad me tenía que ir de casa). Muy pocas llamadas y entrevistas que parecían interrogatorios. Los más amables y fiables son los que precisamente me acogieron en su seno. Y yo, tan contento que estaba. Siempre tuve curiosidad por el mundo de la hostelería, hasta confirmar lo desagradecido que es. Pero está resultando una experiencia de la que puedo sacar mil y un guiones.

Lo que me motivaba de Madrid es su oferta de ocio y servicios. Hasta que descubres que si no tienes pasta, no puedes ir más allá de echarte sobre el césped de la Plaza de Oriente. Madrid es muuuuuy caro. No obstante, es eso, que tiene paisajes únicos (los mejores atardeceres que he visto) y con el bien organizado Metro te pones en uno y otro en pocos minutos.

Otras de sus características comprobables es la diversidad de sus gentes. Decían de los madrileños que son muy chulos. Aunque me da que no se puede generalizar, porque de momento sólo he conocido a los amables y acogedores. También lo son todos aquellos emigrantes que han venido como yo, latinos y europeos (de aquellos por debajo de la peseta) que han venido a trabajar en dos sitios al mismo tiempo y aún así siguen sin perder el buen humor y todo por mantener a sus familias. Normal que les dediquen paradas de Metro.

Por casualidades de la vida viví el Movimiento 15-M y la JMJ, iniciativas muy lejos de mis ideales, pero también lo son la de los monos y no por ello dejamos de ir al zoo (les debo una visita a la Casa de Campo). No es menos cierto la leyenda sobre el clima profundo de Madrid. Y eso que decían que este año no hizo demasiado calor. Si llega a hacerlo, creo que no estaría aquí y ahora escribiendo estas mini-memorias. Al menos ha sido soportable, como el año en conjunto. Guardo anécdotas buenas y muy malas para el día que me entrevisten los del C7. Porque la esperanza sigue siendo lo único que se pierde.

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