Esos pueblos perdidos de España…

Aldeaseca (Ávila)

Caminante, no hay camino; se hace camino al andar. O también yéndose en guagua. Y si encima nos aplicamos el teorema de lo barato de viajar de X a Y pasando por U, V, W y todos aquellos otros puntos perdidos de la geografía española, pues Antonio Machado se haría un bono de socio para vernirse con nosotros. Porque, ¡anda que no se ven cuidades, unas fantasmas y otras fantasmagóricas, en tres horas de carretera!

Cuando me paso largas horas de viaje allá donde vaya soy como un perro (no os paréis a pensar mal y seguid) porque me encanta asomar el hocico por la ventana para ver paisajes. El otro día viajé desde Madrid a Salamanca, y creo que nunca he estado en tantos pueblos en tan poco tiempo. Y refiriéndome a dichos pueblos lo hago a un simple conjunto de cuatro casas y un bar, en un amplio espectro de campo.

No entiendo cómo hay gente que se atreve a vivir con tan poco construido. Y que asdemás sirva, porque hasta los abandonos también lo sufren granjas, iglesias, fábricas. De eso estuvo muy lleno allá por donde pasé. Aldeaseca, Aldealagua, Adanero, Barromán, Sanchidrián… Son pequeños ‘Chernobiles’ locales donde todavía quedan restos de vida. Llamadme cosmopolita, porque lo soy. Pero hay cosas que se me escapan del entendimiento humano racional.

Populares son los hostales en medio de la nada o enraizadas en plena carretera. Pero, ¿cómo se arriesgan a ponerlos cuando entre un punto ‘civilizado’ y otro falta un par de horas para llegar? Piensan que un viajero que le queda media hora de travesía, por ejemplo, va a necesitar un paraje misterioso para dormir la mona. Y ‘misterioso’ por ser lights, ya que la pinta que tenían algunos eran de película americana de terror.

Hay gente de dinero que tiene sus chalets y haciendas en estos tramos, imagino, que para respirar en la nada del todo de la ciudad. Pero no son ellos los que, confiados, dejan sus metros de liñas tendidas pegadas al arcén de la autovía. Los viajeros no sólo se pueden distraer así con los hermosos campos ‘abarbechados’ de cultivo, sino también con las bragas de Manolita y descubrir qué estampados de cama usan.

Lo hiper-mega-fuerte no fue eso. Y aplico esta jerga choni porque de chonis hablo, tribu urbana que también domina pueblos. Lo comprobé en un pueblo remotísimo, donde la guagua paró para recoger a tres niñas ataviadas cuales Belenes Estébanes. Pensé que vendrían de visitar a la abuelita enferma de alguna de ellas. No quería entender que pudiesen desarrollar sus angelicales vidas sin un H&M. Como mucho, irían también a Salamanca, a socializarse con más gente de su edad. Pero me quedé helado aal ver que se bajaban al poco en un pueblo aún más desolado. ¿Qué diablos se les había perdido allí?

Cara también desencajada fue la de aquella viajera que se bajó en otra de las paradas. Cuando la guagua continuaba su rumbo la miré fijamente, con una maleta a un lado, el cuerpo clavado sobre la carretera, y los ojos y la boca abierta. No sé si es que su madre le dio esa cara e iba a reencontrase con ella. O acababa de despertar sonámbula en aquel bordillo de piche y se vio que se encontraba con nada por encontrarse, salvo con caminos empedrados que conducirían a lugares que la vista no percibía.

Estos trayectos largos de amplios ventanales no sólo descubre al viajante panorámicas suculentas, con historias visuales que contar. También, como las películas, aportan sensaciones al alma, algunas de curiosidad, sorpresa o pasmo.

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