Operación “Sacar el coche del Teide”

Estoy por pensar que tengo que tener cuidado cada vez que salgo a la calle. Me ocurre cada cosa que no es normal. La última, aquel domingo que fui al Teide con algunos compañeros de clase.

El día anterior, que habíamos ido a estos típicos espacios verdes en el culo del mundo donde llevar de comer y pasar el rato, decidimos ir al Teide todos juntos (señalar que vivo en Tenerife o Chicharrolandia, como quiera decirse). Tan considerado que soy, que a Nico, que no había venido a pasar aquel día con nosotros, le mandé un SMS para avisarle de estos planes. Para mi sorpresa, me lo encontré con su coche y su novia en la entrada de la residencia donde quedamos (sorpresa, porque pensaba que aún pasarían muchos años, muchos más… sin poder estudiarlo en su hábitat natural, fuera de las paredes de la facultad). Allí también habíamos quedado con Tony y Luisa (porque más bien vivían ahí) y con Eusebio. Para terminar de rematar, teníamos que pasar por el centro de La Laguna (ciudad universitaria… y poco más) para ir al encuentro de una “tercera unidad móvil”. Así, tres coches fuimos subiendo Teide arriba.

Mirador que se cruzaba en nuestro camino, mirador por el que parábamos. Aquello estaba pareciendo Los Autos Locos. Además, cada kilómetro ascendido parecía afectar a las mentes maquinadoras de los chicharreros con los que iba (en peligrosa mayoría), porque el sentimiento de tener al “padre Teide” aún más cerca provocaba que arremetiesen contra el orgullo canarión. Es la envidia personificada, señoras y señores…

Pero volviendo a nuestra historia, tras varias paradas de fotos y aversiones, en una de ellas nos revolcamos por la nieve, henchidos de felicidad. No todos… Nico comprobaba aperplejiao como su coche no quería arrancar en la primera marcha. A pesar del riesgo que ello suponía, seguimos adelante, detrás de los otros dos coches. Pero el cruel destino nos puso por delante un STOP que acompañaba a una curva con pendiente elevada, y el cochecito (leré) se opuso a subir un poco más (leré).

O era seguir arriesgándonos y tomar chocolate caliente en la cafetería del mirador, o volver hacia atrás si no queríamos que el coche terminase parado en medio del Teide con todo lo que ello significa (recordemos la película Viven…). No queríamos tener un encuentro con la grúa y Nico decidió dar marcha atrás. Durante el viaje de bajada preferí no hacer muchos comentarios. El pobre Nico ya estaba bastante tenso. Sí que le dije que no se preocupase, que el Teide no se va a ir. Algún otro día tomaremos la revancha. Cuando volvió la cobertura, pudimos contactar con el resto de la expedición para informar de nuestra situación.

Pero al menos no desperdiciamos por completo la tarde. Pudimos llegar a La Verdellada, ese gran barrio lagunero tan cosmopolita, de agradables paseos, espacios naturales de arcén, incandescentes edicifios de protección oficial, aborígenes verdellenses que brillaban con luz propia… Y por supuesto, no olvidarnos del taller donde Nico dejó el coche.

Conclusión: 70 euros y dos días sin coche para Nico; una tarde nada aburrida para mí.

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