Visita a la fábrica de Ron Arehucas (Borrachos, borrachos hasta el amanecer)

Hola de nuevo!
La verdad es que en los últimos tiempos no me pasan cosas tan interesantes. Quizás sea porque estas semanas he estado empollando como un perro para los exámenes de febrero.

Pero sí que sería estupendo rememorar “acontecimientos” divertidos que vivo, puesto que además los revival son siempre un filón (si no, Camilo 6º no estaría vendiendo DVD’s como churros).

Una de las últimas cosas más increíbles que me ha pasado fue la excursión organizada por el XVI Coloquio de Historia Canario-Americano, al que me apunté a principios de octubre del año pasado para sacarme los créditos de libre configuración que me faltaban para acabar la carrera. Cada dos años se suele celebrar este coloquio en la Casa de Colón (Las Palmas de Gran Canaria). Y además de ponencias y comunicaciones, también organizan una excursión por determinados sitios de la isla, en relación con el tema al que se dedica cada edición. Este año, como se dedicó a la caña de azúcar, tocaba dedicar ese día a visitar la fábrica de Ron Arehucas (muy popular en las islas Canarias y en ciertas partes de la península española). Os recomiendo el dulcísimo Ron Miel, con el que fliparéis en colores.

Esa mañana quedaban aún por celebrarse algunas ponencias aburridas más. Y ya, al mediodía, dos guaguas nos esperaban para llevarnos a almorzar a la Finca de Osorio (una casa de turismo rural por el campo). Allí estaban todos los grandes especialistas de historia del mundo apretujándose por hacerse un hueco en la cola para coger la comida. Yo y Ángel (mi queridísimo amiguito de clase) nos sentamos en la mesa de los alumnos, que no éramos muchos en total, por no sentarnos con los carcas (aparte que no me apetecía hablar de Isabel la Católica comiendo salchichas como burros). Pero ya no sabía que era peor, después del espectáculo que se dio en nuestra mesa: Las botellas de vino circularon de aquí a allá, y había gente que con dos gotas la chispa estuvo garantizada. Especialmente con una mujer en particular, llamémosla “Boluda” (con la que el día de la Orla también asistimos a una sesión de Circo Maravillas) y con uno de sus amigos. Mientras, la pobre ponente que nos sentaron intentaba proponer temas serios para poner un poco de seriedad en la mesa. Pero era irremediable que llamásemos la atención de todos los profesores con las risas psicóticas de la Boluda.

Tras reposar la comida, volvimos a las guaguas, que nos tendrían que llevar al pueblo de Teror a dar un paseo. Aquel corto viaje me dejó flipando, porque nos dimos cuenta de que justo los profesores que teníamos sentados detrás también tenían vino inyectado en vena. ¡Cantaban canciones canarias como posesos, a gañitazo limpio! Ya era evidente: Teror se había enterado de ya que estábamos allí…

Y allí nos bajamos, dividiéndonos en grupos: Unos se fueron directos al bar a seguir la fiesta y otros, como nosotros, seguimos a nuestra profesora de arte, quien con sus influencias entramos gratis a diversos sitios turísticos del lugar. Seguíamos viendo una casa antigua cuando me fijé que pasaban las 18:30, hora en la que el conductor de la guagua nos había citado para recogernos. No me preocupé porque como íbamos con gente importante, porque a la gente importante no se la deja tirada. Otra equivocación más. Nos quedamos tirados en ese pueblo, anocheciendo, perdidos, tiritando de frío, los lobos acechando tras los matorrales, los buitrres volando sobre nuestras cabezas… La profesora estaba que echaba fuego por la boca, con el genio que gasta. Además, tras hacer un par de llamadas, no sólo estaba cabreada por que el conductor ni siquiera quería volver a recogernos, es que incluso se desahogó contra nuestros propios compañeros por insolidarios. Debían de seguir el ejemplo de Chanquete y negarse a subirse hasta que no llegásemos nosotros. Una hora más tarde nos recogió un micro-bus…

…En dirección a la fábrica de ron. Era el peor sitio al que nos podían llevar después de lo que nos estaba pasando. Pero no era ninguna sorpresa. Era previsible que una fábrica a la que se va de visita tenga con nosotros el gesto de obsequiarnos con muestras gratuítas: ¡¡¡El final del recorrido llevaba al bar!!! Aquello ya era el despiporre, el fin de fiesta, la culminación de las salidas de tonos: Gritos, berridos, risas estruendosas, manises saltando por los aires, la Boluda por los suelos… Hasta un ponente quería que le ayudase a esconder una botella de muestra en su bolso! Y ya pa’ qué te digo el viaje de vuelta a casa!!! Aquello era ya el I Festival Folklórico del Cante con Burbujas.

Pero a pesar de terminar con un dolor de cabeza de narices, ¿qué queréis que os diga? ¡Me lo pasé cojonudamente bien!

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